Legado de César Fernández Arce

Por Antero Flores-Araoz

En los tiempos que vivimos, que difícil escribir de alguna persona en positivo.  Antes lo extraño era relatar en negativo pues la mayoría de las personas eran normales y buenas y, las excepciones pues las otras.  En estos tiempos, penosamente las malas son la mayoría y las buenas las excepciones.

Como hace poco nos dejó el gran jurista y magistrado César Fernández Arce, presumimos que los buenos conceptos no fluirían dado los tiempos en los que actuamos, pero oh sorpresa, tratándose de César Fernández Arce todos los buenos conceptos fluyen con normalidad y rapidez, pues ciertamente se trataba de un fuera de serie, hombre estupendo, jurista de fuste, profesor de vocación, pero sobre todo juez justo que prestaba gran dedicación a ésa que fue su vocación desde la universidad, siendo su trayectoria intachable como juez honesto y probo.

Luego de titularse como abogado y concluir su doctorado en España, ingresó a la carrera judicial como relator de la Corte Superior de Lima y al poco tiempo como juez titular del Primer Juzgado Civil de Lima, de allí ascendió a la Corte Superior para posteriormente subir a la Corte Suprema, donde llegó a presidirla.

Extraña e incomprensiblemente no fue ratificado como juez supremo y ello originó desagravios antes nunca vistos en nuestro medio. Hubo uno multitudinario en el Hotel Crillón de la avenida La Colmena en el cercado de Lima y, otro en el Hotel Country Club de Lima, al que asistí y que simplemente lo calificaríamos de apoteósico, pues no se podía entender como un juez honesto, dedicado, experimentado y serio, podía ser separado de su excelente carrera pública, que incluso lo llevó a grave afectación de su salud, lo que pudo superar gracias a su enorme fe religiosa.

Uno de sus pocos amigos abogados, pues decía que los jueces deben tener conocidos, pero no amigos que pudiesen entorpecer sus funciones jurisdiccionales, lo invitó a la práctica privada en su Estudio, aunque lo cierto era que cumplía, pero no se encontraba cómodo cuando su vocación era administrar justicia.  Felizmente fue reivindicado como correspondía por el Senado de la República instalado en 1990 y reincorporado a la Suprema Corte que lo volvió a honrar como su presidente y, breve tiempo después se separó del Poder Judicial por propia decisión al haber variado el Gobierno Nacional de ésa época, de jure a de facto.

Como maestro de Derecho estuvo muchísimos años en lo que era su especialidad, las Sucesiones, tanto en la Universidad Católica de Lima como en otras universidades e incluso en la Escuela de Policía, pero para otra materia.

En 1992 fue invitado por la agrupación “Nueva Mayoría” para postular al Congreso Constituyente Democrático (CCD), siendo elegido a dicho Parlamento, quiso trabajar en el capítulo del Poder Judicial y presidió incansablemente la Comisión de Justicia, de la que formaba parte el autor de esta nota y en que también se encontraba como asesora la abogada y hoy notaria Sofía Ode Pereyra, quien junto con el hijo político del Doctor Fernández Arce, el también notario Víctor Romero Valdivieso, nos dieron a conocer expresiones del gran don César en una de sus últimas presentaciones públicas en el Colegio de Notarios de Lima,

Sus palabras fueron “La justicia sin verdad es inequidad. La justicia sin honestidad es una farsa. La justicia sin compasión es crueldad. La justicia sin independencia es servilismo. La justicia sin firmeza es debilidad”

Para terminar, quisiera contar una anécdota. Llegó al Estudio al que pertenezco una persona para entregarnos para su defensa un proceso pendiente de sentenciar. Como correspondía pregunté al probable cliente porque cambiaba su defensa y nos dijo que el anterior abogado había pedido un dinero para darlo al juez que veía la causa. El cliente sabiendo quien era el juez (César Fernández Arce) montó en cólera, pidió sus papeles y le increpó por ello, pues todos sabemos que el doctor Fernández Arce era un ”santo”

con lo que por supuesto estaba de acuerdo y ello me llevó a tomar su defensa al actuar con probidad.

¡Te extrañamos queridísimo César!

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