El voto limeño también se gana entendiendo a Lima

Por Carlos Enrique Chuquiruna, especialista en temas municipales.

En una campaña electoral hay errores que pueden parecer pequeños, pero que terminan diciendo mucho más de un candidato de lo que este quisiera. Una frase desafortunada, una costumbre desconocida o incluso un gesto frente a una comida tradicional pueden convertirse en un problema cuando quien busca gobernar una ciudad demuestra no entender cómo viven, piensan y sienten sus habitantes.

Lima no es solamente una ciudad que necesita seguridad, transporte, limpieza y mejores servicios. También es una ciudad con costumbres, códigos y formas particulares de relacionarse. Y conocer esa realidad debería ser parte de la preparación de cualquier persona que aspire a gobernarla.

En la recta final de una campaña, los candidatos suelen concentrarse en presentar propuestas, visitar distritos y buscar la mayor exposición posible. Pero es precisamente en esos espacios menos preparados —una conversación, una visita a un mercado, una entrevista o una actividad cotidiana— donde muchas veces aparece el verdadero nivel de conexión con los ciudadanos.

El llamado “costumbrismo” puede parecer un asunto menor frente a los grandes problemas de la ciudad. No lo es. Cuando un candidato critica una costumbre popular, desconoce una tradición o intenta mostrarse cercano sin comprender realmente aquello que forma parte de la vida cotidiana de los limeños, puede generar una distancia difícil de corregir.

Pensemos, por ejemplo, en la gastronomía. El pan con chicharrón no es simplemente un desayuno. Su popularidad y presencia en la cultura limeña muestran cómo determinados alimentos forman parte de la identidad y de la vida cotidiana de la ciudad. El reconocimiento que recibió este plato en 2025 incluso generó una conversación nacional sobre identidad y gastronomía.

Por eso, decir que algo tan cotidiano “no debería comerse” o menospreciar una costumbre puede tener un efecto que va mucho más allá de la frase. El problema no necesariamente está en que un candidato tenga gustos diferentes. Todos tenemos derecho a ellos. El problema aparece cuando esa diferencia se convierte en una descalificación hacia las costumbres de las personas cuyo voto se está buscando. Creo que allí existe una lección importante para quienes participan en una elección municipal: no basta con conocer el mapa de Lima; hay que conocer a Lima.

Conocerla significa entender que San Juan de Lurigancho no vive la ciudad de la misma manera que San Isidro, que Villa El Salvador tiene demandas distintas a las de Miraflores y que, sin embargo, todos forman parte de una misma capital. Significa comprender sus diferencias, pero también reconocer aquello que los une.

Un candidato puede tener un excelente plan de seguridad y una propuesta sólida para mejorar el transporte. Pero si durante la campaña transmite permanentemente que desconoce o desprecia las costumbres de los ciudadanos, tendrá que enfrentar una pregunta inevitable: ¿realmente entiende a quién pretende gobernar?

La política municipal también es una cuestión de cercanía. Y la cercanía no se construye únicamente estrechando manos o recorriendo mercados. Se construye escuchando, observando y respetando. No significa fingir que se comparten todas las costumbres de una ciudad, sino entender que aquello que para uno puede parecer trivial puede tener un significado importante para otro.

En esta etapa final de la campaña, los candidatos deberían recordar que cada aparición pública también comunica. Ya no solo se evalúan las promesas o los planes de gobierno. También se observa cómo reaccionan, qué dicen cuando no tienen un discurso preparado y cuánto conocen la ciudad que aspiran a dirigir.

La elección municipal debería ser, finalmente, una conversación sobre qué Lima queremos construir. Pero para plantear esa conversación primero hay que demostrar que se conoce la Lima que existe hoy. Porque gobernar una ciudad no consiste únicamente en administrar presupuesto, ejecutar obras o anunciar grandes proyectos. También implica comprender a las personas que viven en ella. Y en una elección tan cercana, quizá uno de los mayores errores de un candidato no sea equivocarse en un discurso, sino revelar, sin darse cuenta, que no conoce las costumbres de aquellos a quienes les está pidiendo el voto.

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