Dos Crisis, un Mundo en Llamas: Perú en la oscuridad y Oriente Medio en el abismo

Por Haycker Colina, Politólogo y analista internacional

Desde la distancia que otorga el exilio y la perspectiva que regala la academia, observo con preocupación creciente dos focos de inestabilidad que marcan la agenda global de este turbulento 2026: la crisis energética que tiene a Perú sumido en la penumbra y la escalada bélica entre Irán, Estados Unidos e Israel que amenaza con redefinir el orden de Oriente Medio. Ambas crisis, aparentemente distantes, comparten un denominador común: la fragilidad de los Estados ante el colapso de sus instituciones y la ausencia de liderazgos a la altura del momento histórico.

I. Perú: cuando la luz se apaga y el Estado se desnuda

La crisis energética que azota al Perú no es un accidente ni una tragedia natural: es el resultado previsible de décadas de desinversión, corrupción estructural y una clase política incapaz de articular una política de Estado en materia energética. Los apagones que hoy paralizan ciudades, industrias y hospitales peruanos son el síntoma más elocuente de un sistema que cruje desde sus cimientos.

Como venezolano, me resulta dolorosamente familiar este panorama. Venezuela transitó ese camino hace años: primero la desidia institucional, luego la dependencia de una sola fuente energética, después el colapso. Perú, con mayor diversidad en su matriz —hidroeléctrica, gas natural, potencial solar y eólico inexplotado— tiene aún la oportunidad de corregir el rumbo, pero el margen temporal se estrecha. La pregunta que debe formularse Lima no es solo técnica sino esencialmente política: ¿existe la voluntad política para reformar un sector capturado por intereses que prefieren la oscuridad a la transparencia?
La ciudadanía peruana merece respuestas concretas: auditorías independientes del sector eléctrico, un plan de emergencia con cronograma verificable, y la apertura a inversión privada regulada con criterios de soberanía nacional. Sin eso, los apagones seguirán siendo la metáfora más cruel del fracaso del Estado peruano frente a su propio pueblo.

II. Irán, EE.UU. e Israel: el tablero que nadie controla del todo

El conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel ha traspasado ya la frontera de lo contenible. Lo que durante años fue una guerra de sombras, sanciones, ciberataques y asesinatos selectivos— ha adquirido una dimensión abierta y peligrosamente impredecible. Teherán, acorralado económicamente pero orgulloso de su capacidad de proyección regional, no cederá sin extraer un costo geopolítico máximo a sus adversarios.
Israel, por su parte, opera bajo una lógica de seguridad existencial que Washington comprende, pero que no siempre puede —ni quiere— moderar. La administración norteamericana se encuentra ante el dilema clásico del hegemón: respaldar a su aliado más cercano en la región arriesgando una escalada de consecuencias globales, o intentar una diplomacia de contención que Teherán interpreta como debilidad.

Lo que más me preocupa desde el análisis político es el efecto de arrastre sobre economías emergentes como las latinoamericanas. Un Oriente Medio en guerra abierta dispara los precios del petróleo, tensiona las cadenas de suministro globales y redirige la atención diplomática y financiera internacional, dejando a regiones como América Latina en un segundo plano. Para Perú, ya de por sí frágil, ese escenario representa una tormenta perfecta: mayor costo energético importado, menor inversión extranjera y una presión cambiaria que golpea primero a los más vulnerables.

La comunidad internacional —incluyendo a los organismos multilaterales hoy seriamente debilitados— tiene la obligación histórica de apostar por la desescalada. Pero ningún llamado a la paz tiene credibilidad si no va acompañado de una arquitectura de seguridad regional renovada que incluya a todos los actores y no solo a los más poderosos.

Conclusión: el tiempo de las medias tintas ha terminado

Vivimos una era de quiebres simultáneos. La crisis energética peruana y la guerra en Oriente Medio no son excepciones a un mundo estable: son el rostro de un orden internacional que se resquebraja. Lo que nos exigen estos tiempos no es parálisis ni demagogia, sino liderazgos capaces de tomar decisiones difíciles con visión de largo plazo. Como decía el maestro Bobbio, la política no es el arte de lo posible sino el arte de convertir lo necesario en posible. Perú y el mundo lo necesitan ahora.

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