Un país en emergencia, una oportunidad desde las aulas

Por Antonio Herrera Cabanillas

El Perú vive una crisis de seguridad que ya no se siente lejana. En las calles, en los barrios, incluso en las escuelas, la violencia parece haberse normalizado. Las cifras de homicidios, extorsiones y delitos juveniles se han disparado, y el estado de emergencia se ha vuelto parte del paisaje cotidiano. Sin embargo, detrás de esta realidad existe una verdad que no podemos ignorar: la violencia se gesta mucho antes de aparecer en los noticieros, y su prevención también empieza mucho antes—en las aulas.

Educar para la paz no es un ideal romántico. Es una necesidad urgente, una estrategia nacional de seguridad ciudadana a largo plazo. Pero para lograrlo, se requiere algo más que vigilancia o castigo: se necesita formar carácter, construir ciudadanía y despertar liderazgo en los jóvenes. Ese es el desafío que desde hace 17 años asumimos en la Escuela de Carácter y Ciudadanía.

Formar carácter en tiempos de fragmentación

Desde la ECC, entendemos que el carácter no es un concepto abstracto, sino la capacidad de tomar decisiones correctas cuando nadie está mirando. Nuestros programas —“Más allá del éxito” y “Yo lidero”, en alianza con Maxwell Foundation— buscan precisamente eso: forjar convicciones, fortalecer el propósito y despertar el sentido de responsabilidad personal y social en adolescentes.

En los últimos meses, gracias a nuestras alianzas con la Fuerza Aérea del Perú (FAP), la Dirección Regional de Educación de Lima Metropolitana (DRELM), la Policía Nacional del Perú (PNP) y la UGEL Urubamba, hemos llevado estos programas a decenas de colegios, desarrollando en los estudiantes habilidades de liderazgo ético, comunicación, trabajo en equipo y gestión emocional. Estos espacios no solo reducen conflictos escolares: construyen una generación que elige el diálogo sobre la violencia, la empatía sobre la indiferencia, el servicio sobre la apatía.

De los proyectos escolares a la transformación social

La experiencia nos ha demostrado que cuando los jóvenes encuentran propósito, cambian su entorno. Así lo vivimos con el concurso nacional “Un Millón de Corazones”, que entre 2015 y 2019 movilizó a miles de escolares de todo el país a diseñar proyectos de emprendimiento social que respondieran a problemas reales de sus comunidades: violencia doméstica, contaminación, deserción escolar, pobreza.

Estos proyectos demostraron algo clave: el liderazgo juvenil puede ser una estrategia de prevención de la violencia, porque cuando los estudiantes son protagonistas del cambio, dejan de ser espectadores de los problemas para convertirse en agentes de transformación.

Lecciones de la región: construir paz desde la escuela

No partimos de cero. América Latina ha aprendido, muchas veces a fuerza de dolor, que la prevención de la violencia se construye con educación, no con represión.
Algunos ejemplos inspiradores:

  • San Miguelito, Panamá: el Proyecto Metamorfosis y los Centros de Alcance por Mi Barrio transformaron escuelas ubicadas en zonas de alta violencia en espacios seguros, articulando a estudiantes, familias, docentes y policía comunitaria para promover la convivencia.
  • Programa de Convivencia Escolar – Argentina: un enfoque sistémico que involucra a toda la comunidad educativa en la revisión de sus normas de convivencia, mediación de conflictos y formación en ciudadanía democrática.
  • Chile – “Escuelas Abiertas”: una política pública que mantiene los colegios abiertos durante vacaciones para actividades deportivas, culturales y de convivencia, reduciendo la exposición de jóvenes a entornos violentos.
  • Colombia – “Escuelas de Paz”: surgidas tras el proceso de paz, promueven liderazgo juvenil y reconciliación, usando metodologías de diálogo, arte y servicio comunitario.

Todos estos programas coinciden en algo esencial: la prevención de la violencia es más efectiva cuando los jóvenes se convierten en parte de la solución.

Liderazgo con propósito: el enfoque de la Escuela de Carácter y Ciudadanía

Inspirados por estas experiencias y por nuestra trayectoria, proponemos un enfoque integral que articule tres dimensiones:

  1. Emprendimiento con propósito – proyectos que transformen problemas locales en oportunidades de servicio y colaboración.
  2. Liderazgo y ciudadanía – jóvenes que aprenden a influir positivamente, a liderar con integridad y a generar confianza.
  3. Voluntariado activo – servicio como ejercicio de empatía, disciplina y compromiso cívico.

Desde esta base, la cultura de paz se convierte en un resultado natural del liderazgo con propósito. Cuando un adolescente descubre su valor y entiende su impacto en los demás, elige construir, no destruir.

Hacia una red de escuelas promotoras de paz

Hoy más que nunca, necesitamos articular esfuerzos entre Estado, sociedad civil y comunidad educativa. La ECC está desarrollando la Red de Escuelas Promotoras de Paz, un modelo que integra los programas Maxwell con componentes de convivencia, prevención de violencia y participación estudiantil. Buscamos que cada colegio no solo enseñe contenidos, sino también actitudes: respeto, empatía, cooperación y sentido de justicia. Porque la seguridad empieza en el corazón del estudiante, no en las calles.

Conclusión: el liderazgo que el país necesita

La violencia no se erradica con miedo, sino con propósito. Formar jóvenes de carácter es construir la primera línea de defensa de un país que anhela esperanza. Si queremos un Perú más seguro, debemos empezar por educar generaciones más íntegras, más empáticas y comprometidas con el bien común.

Y ese trabajo, silencioso, constante y transformador, empieza hoy, en cada aula donde un joven aprende que liderar también significa servir.

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