Las mayores fortunas de China invierten miles de millones en universidades privadas de ciencia y tecnología. Su objetivo no es filantrópico: buscan poder, influencia y soberanía tecnológica frente a Occidente.
Zhong Shanshan, el hombre más rico de China, hizo su fortuna vendiendo agua embotellada. Ahora invertirá unos 5.500 millones de dólares en fundar una universidad científica en Hangzhou, epicentro de las startups tecnológicas chinas. Su proyecto, con capacidad para 350.000 estudiantes y más de 500 investigadores de élite, refleja una tendencia clara: los multimillonarios del país están fundando universidades estratégicas para asegurar el liderazgo de China en la carrera global por la tecnología.
Durante décadas, el poder económico chino se basó en la industria pesada y la manufactura. Pero la nueva generación de magnates, influida por sus hijos formados en Harvard o Oxford, ha entendido que el verdadero poder está en el conocimiento. Jack Ma, fundador de Alibaba, fue pionero con la Universidad Hupan; Cao Dewang, del grupo Fuyao, invirtió 10.000 millones de euros en la Universidad de Ciencia y Tecnología de Fuyao; y Yu Renrong, del sector de semiconductores, construye el Instituto Oriental de Tecnología, en Ningbo.
Estos proyectos no solo impulsan la investigación en inteligencia artificial, biotecnología o energía renovable. También crean redes de influencia entre empresarios, académicos y funcionarios, consolidando el poder de una élite que busca controlar los espacios donde se genera innovación.
El fenómeno coincide con un giro global del talento: científicos chinos y occidentales están regresando o mudándose a China, atraídos por grandes presupuestos y libertad para investigar. Según CNN, se trata de una “fuga inversa de cerebros” que refleja el avance científico del país. En 2023, China ya superó a Estados Unidos y la Unión Europea en inversión en I+D, y hoy publica más artículos de alto impacto que ambos.
El Gobierno chino respalda este impulso con políticas agresivas de atracción de talento, como nuevas visas para jóvenes científicos. Sin embargo, dentro del país la iniciativa ha generado críticas: millones de jóvenes chinos desempleados cuestionan por qué se ofrecen oportunidades a extranjeros mientras ellos enfrentan la mayor crisis laboral de su generación.
En la nueva carrera por la soberanía tecnológica, China no solo compite con Estados Unidos por chips o inteligencia artificial. También por quién educa y forma a las mentes que dominarán el futuro.