Dina Boluarte brilla por su ausencia en misa por el papa León XIV pese a presencia de embajadores y autoridades del Estado

Mientras el país rendía homenaje al primer papa peruano, la presidenta decidió no presentarse. Su ausencia dejó perplejos a diplomáticos, ministros y líderes religiosos reunidos en la Catedral de Lima.

Este domingo, la presidenta Dina Boluarte decidió no asistir a la misa solemne en honor al papa León XIV, celebrada en la Catedral de Lima por el Día de San Pedro y San Pablo. El acto reunió a lo más alto del aparato estatal, diplomático y eclesiástico, pero la jefa de Estado prefirió ausentarse sin explicación oficial, generando desconcierto entre los asistentes.

La ceremonia fue presidida por el cardenal Carlos Castillo, arzobispo de Lima, y contó con la presencia del premier Gustavo Adrianzén, ministros de Estado, la fiscal de la Nación Delia Espinoza, embajadores acreditados, autoridades de las Fuerzas Armadas y de la PNP, además de obispos y miembros del cabildo catedralicio. También estuvo presente el secretario de la Nunciatura Apostólica, mons. Giuseppe Quirighetti.

El momento era simbólicamente poderoso: el homenaje al recién elegido León XIV, el primer papa de nacionalidad peruana, en el corazón religioso del país. El cardenal Castillo remarcó la dimensión espiritual de la elección del papa Robert Prevost, su humildad como misionero en regiones como Chulucanas, Chiclayo y El Callao, y su cercanía al pueblo. “Una de las cosas más bellas que hemos vivido”, afirmó.

En ese contexto, la ausencia de Boluarte no pasó desapercibida. Consultado por La República, el equipo de prensa de Palacio solo atinó a señalar que “no había confirmación oficial”, mientras que fuentes internas revelaron que la mandataria sí había asegurado informalmente su participación.

El contraste es notorio. En mayo pasado, Boluarte viajó a Roma para la entronización del papa, donde ocupó la primera fila en la Plaza de San Pedro y encabezó una delegación peruana como gesto de cercanía institucional. Incluso, desde entonces, el Gobierno promueve con entusiasmo “la ruta del papa”, una iniciativa turística para recorrer los lugares donde Prevost sirvió pastoralmente. Pero al momento de mostrar respeto en casa, la presidenta optó por el silencio.

En su homilía, el cardenal Castillo también advirtió sobre el complejo escenario internacional: “Estamos al borde de una guerra mundial”, dijo, resaltando que el pontífice es un símbolo de esperanza y humildad frente al egoísmo de muchos líderes. ¿Fue esa una alusión velada?

Lo cierto es que la presidenta se ausentó de un acto de altísimo simbolismo nacional, dejando un vacío que ni la diplomacia ni los ministros pudieron llenar. La imagen de un Gobierno que promueve al papa como marca país, pero que ni siquiera se hace presente en su homenaje, retrata una desconexión entre el discurso oficial y los gestos reales de liderazgo.

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