La hija de dos íconos de la gastronomía que rechazó el apellido y hoy levanta un imperio en Suiza

La hija de Gastón Acurio y Astrid Gutsche forjó su carrera desde cero en Japón y hoy lidera un “mini imperio” gastronómico en Ginebra.

En Ginebra, Ivalú Acurio encontró su propia historia. Ella misma recuerda que siempre disfrutó de comer, aunque no tenía claro si la cocina sería su destino. Comenzó estudiando hotelería en Suiza enfocada en la gestión, pero entre prácticas y clases descubrió que su verdadero espacio estaba detrás de los fogones, algo que ya intuían sus amigos.

Lejos de seguir el guion lógico para la hija de dos íconos de la gastronomía peruana, decidió formarse por su cuenta. Se mudó a Tokio para estudiar en Le Cordon Bleu, donde terminó primera de su clase. Trabajó en un restaurante japonés donde pasó meses lavando arroz y cocinando para el personal. Era un trabajo duro, pero asegura que nunca había sido tan feliz.

La pandemia la encontró en Japón y, en vez de frenar su avance, la llevó a tomar decisiones más grandes. Con su socio japonés, que tiene raíces familiares en Suiza, se mudó a Ginebra y abrió su primer restaurante, Sando, una hamburguesería inspirada en sabores japoneses. El éxito llegó sin necesidad de grandes capitales, ya que ambos emprendieron todo con recursos propios y sin inversionistas externos.

Luego nació Saoko, una propuesta de nikkei street food donde el poke bowl es el plato estrella. Y aunque la carta tiene una fuerte influencia japonesa, el pan con chicharrón peruano ha encontrado un espacio temporal que podría quedarse. Ivalú explica que Saoko es su proyecto más personal porque fusiona naturalmente las culturas peruana y japonesa. Su tercera marca, Lulu’s Fried Chicken, empezó como un pop up dedicado al pollo frito, uno de sus platos favoritos, y está en camino de tener un local propio.

Hoy dirige siete puntos de venta entre sus marcas y se refiere a ellos como su “mini imperio gastronómico”. Aunque vive lejos, el Perú sigue siendo su eje emocional y su mayor fuente de inspiración. En sus recetas aparecen guiños a la cocina peruana como el uso del ají, las salsas cremosas y el equilibrio entre lo picante y lo dulce. Cada vez que pisa Lima, dice que su primera y última comida es un cebiche.

Sobre abrir un restaurante en Lima, asegura que le encantaría, pero solo si encuentra un socio local adecuado. Por ahora su vida está en Suiza, aunque lleva tatuado en un dedo el mapa del Perú, como recordatorio permanente de sus raíces.

A sus 31 años, Ivalú Acurio ha demostrado que su apellido no es su camino, sino apenas el punto de partida. Su éxito está construido a punta de constancia, disciplina y trabajo de base, la misma actitud que tuvo cuando practicaba nado sincronizado. Dice que antes le incomodaba que le preguntaran por sus padres, pero ahora lo asume con orgullo porque sabe que su trayectoria es auténtica. Todo lo que ha logrado, afirma, lo ha levantado con sus propias manos.

Información original de El Comercio.

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