Por José Darío Dueñas Sánchez, Consultor de Negocios
En el Perú y muchos países de América Latina, la política parece haberse convertido en un escenario de intereses personales, disputas partidarias y promesas vacías. Mientras tanto, las verdaderas necesidades de la población —educación de calidad, salud accesible, seguridad ciudadana, empleo digno y desarrollo sostenible— siguen siendo postergadas, ignoradas o manipuladas como herramientas de campaña, BASTA de utilizarlas engañando a la población.
La indiferencia política no es simplemente la falta de acción; es una forma de violencia estructural. Se manifiesta cuando los presupuestos se desvían hacia obras innecesarias, cuando los debates parlamentarios giran en torno a escándalos y no a reformas, y cuando los líderes se desconectan de la realidad cotidiana de sus ciudadanos. La reciente destitución de la presidenta Dina Boluarte, con apenas un 2% de aprobación ciudadana, es solo el último capítulo de una crisis política que ha visto caer a siete presidentes en nueve años. Esta inestabilidad refleja una desconexión estructural entre quienes gobiernan y quienes sufren las consecuencias de sus decisiones.
Educación: promesas sin transformación
Cada año, los discursos políticos prometen mejorar la educación. Sin embargo, los estudiantes siguen enfrentando aulas precarias, docentes mal remunerados y currículos desactualizados. La brecha entre la educación urbana y rural se amplía, y la inversión en innovación educativa es mínima. El presupuesto nacional para educación en 2025 asciende a S/ 52,400 millones, representando el 22.3% del gasto público. Sin embargo, más de 308 proyectos educativos están paralizados, y la brecha entre zonas urbanas y rurales sigue creciendo. La implementación de laboratorios STEM y conectividad en escuelas rurales avanza lentamente, y muchos estudiantes aún estudian en condiciones precarias. ¿Dónde está el compromiso real con el futuro del país?
Salud: una deuda histórica
La pandemia reveló crudamente las carencias del sistema de salud. Pero incluso después de la emergencia, los hospitales continúan desabastecidos, los profesionales de salud trabajan en condiciones precarias, y el acceso a servicios especializados es un privilegio. La indiferencia política se traduce en vidas perdidas por falta de atención oportuna. Aunque se han destinado S/ 45,200 millones al sector salud (19.2% del presupuesto), y se han anunciado 20 hospitales modulares, la ejecución efectiva es baja. En regiones como Puno, donde 7 de cada 10 niños sufren anemia, proyectos como el Hospital Juan de Dios de Ayaviri no han ejecutado ni un sol. La indiferencia política se traduce en vidas vulnerables sin atención.
Seguridad: entre el abandono y la improvisación
La inseguridad ciudadana es una de las principales preocupaciones de la población. Robos, extorsiones y violencia se han normalizado en muchas zonas. Sin embargo, las políticas de seguridad suelen ser reactivas, sin planificación ni enfoque preventivo. La falta de coordinación entre autoridades y el debilitamiento de las instituciones policiales agravan el problema. La inseguridad ciudadana es la principal preocupación de los peruanos, pero el enfoque político ha sido reactivo y desarticulado. Aunque el sector de orden público recibió S/ 4,303 millones, con una ejecución del 70.3%, los resultados no se reflejan en las calles. La criminalidad organizada, el narcotráfico y la minería ilegal se expanden, especialmente en zonas indígenas y amazónicas.
Inversión pública: recursos sin gestión
El presupuesto total de inversión pública en 2025 supera los S/ 65,745 millones, pero el 44% de los proyectos no han iniciado ejecución. Gobiernos locales, que manejan el 39% del presupuesto, apenas han ejecutado el 31.4%. Esta ineficiencia refleja una falta de capacidades técnicas, planificación y voluntad política. Es increíble que la gran mayoría llega con promesas incumplidas a pesar de que tienen un presupuesto para las obras, pero por incapacidad no la ejecutan.
Empleo y economía: discursos desconectados
Mientras los políticos celebran cifras macroeconómicas, millones de peruanos sobreviven en la informalidad. El empleo digno es escaso, los jóvenes enfrentan barreras para insertarse laboralmente, y las pymes luchan sin apoyo real. La política económica parece diseñada para beneficiar a unos pocos, ignorando la base productiva del país. La tasa de desempleo se mantiene en 6%, pero más del 70% de los trabajadores están en la informalidad. Esto limita el acceso a beneficios sociales, reduce la productividad y debilita la capacidad fiscal del Estado. Mientras tanto, los discursos políticos celebran el crecimiento del PBI (3.1% en el primer semestre), sin abordar la precariedad laboral que afecta a millones. Muchos números pero la realidad es otra.
¿Por qué esta indiferencia persiste?
La política peruana ha sido capturada por intereses personales, alianzas coyunturales y una cultura de impunidad. La falta de rendición de cuentas, la manipulación de indicadores sociales y el uso de la pobreza como herramienta electoral han erosionado la confianza ciudadana. El centralismo impide que los gobiernos locales accedan a recursos y autonomía para atender sus propias realidades. La indiferencia política se refleja en carreteras inconclusas, falta de conectividad, y abandono de comunidades rurales.
Corrupción: el síntoma y la causa
La corrupción no solo desvía recursos; destruye la confianza ciudadana. Cuando los políticos priorizan sus intereses sobre el bien común, se genera una cultura de impunidad. La población se siente traicionada, y la participación democrática se debilita. La indiferencia política se alimenta de la corrupción, y viceversa.
La solución no está únicamente en cambiar de líderes, sino en transformar la cultura política. Se necesita una ciudadanía activa, informada y exigente. La educación cívica debe fortalecerse, los mecanismos de rendición de cuentas deben ser efectivos, y los espacios de participación deben abrirse realmente a la población.
Además, es urgente que los partidos políticos se reconecten con la realidad social. No basta con prometer; hay que escuchar, diagnosticar y actuar. La política debe volver a ser el arte de servir, no de servirse.
Conclusión: recuperar la política para el pueblo
La indiferencia política frente a las verdaderas necesidades de la población es una herida abierta en nuestras democracias. Mientras no se cierre esa brecha, el desarrollo será desigual, la pobreza persistirá, y la frustración ciudadana crecerá. Es momento de exigir una política con propósito, con empatía y con visión de país.