Por Antero Flores-Araoz
De un tiempo a esta parte, se habla mucho de discriminación por motivación racial, lo que es valedero pues todos somos seres humanos e iguales en derechos como también en obligaciones, tal como lo establece nuestra Constitución.
La Ley de Leyes enuncia entre los derechos humanos sustantivos, el de no ser discriminado por motivo de origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquier otra índole.
La misma Carta Magna nos otorga el derecho a la identidad étnica y cultural, agregando que el Estado reconoce la pluralidad étnica y cultural de la Nación.
De lo señalado es claro que, siendo iguales en derechos y deberes, podemos ser diferentes en color de piel, o sea en raza o identidad étnica y, más siendo el Perú un crisol de razas, en que millones de compatriotas son mestizos gracias a la mezcla de etnias andinas como la aymara o la quechua con nativos de la Amazonía, de Europa, más la inmigración de chinos y japoneses.
Reconocer lo señalado no es discriminar sino aceptar realidades, que no por existir debe haber exclusión sino integración. Necesitamos un Perú integrado y unido y, el color de piel es mero accidente.
Tampoco habría motivo para condenar expresiones amigables y diría que, hasta afectuosas, como “cholito”, “zambito” o “negrito” con las que estamos acostumbrados a tratar a nuestros amigos y que, hasta el término cariñoso de “hermanito” era usual, aunque por otro tipo de consideraciones lo estemos excluyendo de nuestro léxico cotidiano.
Quien escribe estas líneas es claramente mestizo, en que se fusiona ascendencia hispana por línea paterna y andina por la materna, pues proceden los ancestros de Cajamarca y, me siento orgulloso de tal mezcla y tal conglomerado de culturas, lo que incluso no evitó que alguna vez, confundiendo mis expresiones, me endilgarán el mote de racista, lo que es más falso que moneda de treinta centavos.
Claramente las características étnicas no se circunscriben al color de piel, algunas tienen que ver con laboriosidad, otras con preferencias culinarias, algunas otras con rasgos de vestimenta, lo que de modo alguno atenta contra la igualdad en cuanto somos seres humanos, que merecemos el respeto y consideración de los demás.
No solamente razas, sino que hasta las profesiones influyen en nuestro comportamiento. Por ejemplo, hemos observado que, según la profesión a la que se pertenece, los presidentes de la República tenían inclinaciones gubernamentales. Fernando Belaunde como arquitecto hacia la construcción, Valentín Paniagua como jurista al estado de Derecho, Alan García a la educación por herencia materna y, Ollanta Humala como militar a la recuperación de las Fuerzas Armadas,
Aludiendo a características étnicas, nacionalidad, sexo, estado civil u ocupación, el genial Nicomedes Santa Cruz mencionaba en una de sus décimas: “No me den hombre que llore, ni mujer que jure. No me den chino que cure, ni médico que enamore; soltera que decolore, ni casada siempre en bata, cura que dé serenata, ni estudiante con bluyín, ni fea con camarín, ni mujer hermosa beata…”
¡No exageremos!