Cómo han cambiado las plazas y entornos públicos para competir con las pantallas

“Las plazas son mucho más que resbalines, columpios o areneros: son espacios donde los niños pueden explorar, observar, imitar, relacionarse y enfrentar desafíos. Son experiencias corporales, sociales y sensoriales que una pantalla no puede reemplazar”, explica María Inés Rodríguez, terapeuta ocupacional.

Durante décadas, pensar en una plaza infantil era imaginar casi automáticamente un resbalín, algunos columpios y un arenero. Hoy esa imagen está cambiando. Juegos sensoriales, circuitos de cuerdas, estructuras para escalar, música, agua, texturas y espacios inclusivos están transformando los entornos públicos destinados a la infancia.

Detrás de esta evolución hay un desafío cada vez más presente para las familias: lograr que el mundo físico siga siendo suficientemente atractivo frente a los estímulos que ofrecen celulares, tablets y videojuegos.

El tema incluso ha llegado a las políticas públicas. En Chile se han impulsado iniciativas bajo el concepto “Más juegos, menos pantallas”, mientras cifras recogidas por la Política Nacional de Actividad Física y Deporte muestran que solo el 13,1% de los menores de cinco años cumple simultáneamente las recomendaciones de actividad física, sueño y exposición a pantallas. Este dato ya estaba incorporado como contexto en la versión original.

Mucho más que jugar

Para la terapeuta ocupacional María Inés Rodríguez, la importancia de estos espacios no se limita a conseguir que los niños hagan más actividad física. La plaza cumple una función social y de desarrollo que comienza precisamente en la posibilidad de encontrarse con otros.

“En las plazas volvemos a nuestra esencia humana, que es la crianza compartida. Son espacios donde se generan oportunidades de contemplación, exploración, imitación y modelaje de aquello que ocurre cotidianamente. Todo eso es esencial para el desarrollo de los niños y no puede ser reemplazado por una pantalla”, explica Rodríguez.

El juego en estos entornos involucra simultáneamente al cuerpo, los sentidos y la interacción social. Los niños corren, trepan, se balancean, calculan distancias, prueban, se equivocan, observan a otros y vuelven a intentarlo. Cada experiencia entrega información que les permite comprender progresivamente el entorno y desarrollar nuevas habilidades.

Para Rodríguez, esto responde a una relación fundamental entre cerebro, cuerpo y mundo. El aprendizaje infantil no ocurre únicamente a partir de lo que un niño observa, sino también de aquello que toca, escucha, experimenta y descubre mediante su propio cuerpo.

La Organización Mundial de la Salud recomienda precisamente reducir los períodos sedentarios frente a pantallas durante la primera infancia y reemplazarlos por mayor actividad y juego, antecedente que también estaba recogido en el comunicado original.

El valor de explorar en un entorno seguro

Las plazas modernas también han comenzado a incorporar una mayor variedad de desafíos. Esto permite que niños con distintas edades, intereses y capacidades encuentren diferentes maneras de interactuar con un mismo espacio.

Para la especialista, el rol de los adultos sigue siendo fundamental. La presencia de una figura de cuidado entrega seguridad y predictibilidad para que el niño se atreva progresivamente a explorar más allá de su entorno conocido.

“Cuando un niño se siente seguro, puede aceptar nuevos desafíos, probar, equivocarse y volver a intentarlo. Esa experiencia le permite ir entendiendo que el mundo es un lugar bueno para ser explorado. Por eso es importante contar con espacios que entreguen desafíos diversos y adecuados, entendiendo que la diversidad entre los niños es parte de la normalidad”, señala Rodríguez.

Y existe otro efecto que muchas veces queda fuera de la conversación: las plazas también son espacios para quienes cuidan. Permiten encontrarse con otras familias, observar a los niños mientras juegan y recuperar una dimensión comunitaria de la crianza que se ha ido debilitando con la vida moderna.

Esta nueva mirada también está modificando el diseño de los espacios públicos. Ya no se trata únicamente de instalar equipamiento, sino de generar experiencias capaces de estimular diferentes formas de juego.

Es precisamente lo que ha observado Urbanplay, empresa chilena con más de 23 años desarrollando espacios recreativos. En sus proyectos ha incorporado juegos de cuerdas, estructuras de escalada, elementos musicales, juegos de agua, paneles interactivos, superficies de seguridad y equipamiento inclusivo y sensorial. La compañía ha implementado proyectos en lugares como Playa Las Almejas (Antofagasta), Parque Bicentenario (RM) Cerro San Cristóbal (RM), Borde Costero Iloca (Maule), Paque Urbano Isla Cautín (La Araucania).

El cambio también involucra la materialidad, durabilidad y variedad de los juegos, buscando que un mismo espacio pueda entregar experiencias relacionadas con movimiento, equilibrio, coordinación, creatividad, exploración sensorial e interacción entre niños.

“Para competir con una pantalla, el mundo real tiene que volver a sorprender. Una buena plaza debe ofrecer suficientes posibilidades para que cada niño encuentre algo que lo motive a moverse, imaginar, experimentar y relacionarse con otros. No se trata de decirles cómo jugar, sino de crear un espacio que los invite a descubrir qué pueden hacer”, concluye Nadia Betancourt, gerente general de Urbanplay.

 

 

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